
Pablo Navarro vio las sombras primero, dos figuras pequeñas tambaleándose entre las dunas como fantasmas perdidos bajo el sol asesino del desierto de Puerto Palomas. Se detuvo en seco, entornando los ojos contra el resplandor blanco. No podía ser.
Nadie sobrevivía ahí afuera sin agua, menos aún dos niños, pero ahí estaban. Espoleó su caballo y galopó hacia ellos, el corazón golpeando contra las costillas. Cuando los alcanzó, cayó de rodillas en la arena caliente. Gemelos idénticos. No más de 6 años, labios agrietados, piel quemada, ojos vidriosos que apenas lo veían. Agua, murmuró uno, la voz como papel rasgado.
Pablo no hizo preguntas, los levantó en sus brazos y corrió hacia su rancho como si el mismo infierno lo persiguiera, porque sabía lo que el desierto hacía con los cuerpos. Y estos niños ya estaban al borde, los tendió sobre su cama, vertió agua fresca en sus gargantas secas, mojó trapos para enfriar sus frentes ardiendo. Mientras los pequeños bebían con desesperación, Pablo escuchó el murmullo entrecortado del que aún podía hablar.
“Mamá”, dijo que corriéramos. El otro gemelo lloró sin lágrimas. Los hombres malos vienen. Pablo sintió cómo se le helaba la sangre. Miró hacia la ventana, hacia el mar infinito de Arena y Artemisa. Si estos niños estaban aquí, su madre también, en algún lugar, sola, quizás herida, quizás. No terminó el pensamiento porque Pablo Navarro había jurado no volver a involucrarse, no volver a sentir, no volver a perder.
Pero el destino acababa de entrar a su rancho en forma de dos niños moribundos y algo en su interior, algo que había enterrado junto a su esposa. Comenzó a despertar. Un momento, vaquera, quiero conocerte mejor. Dime en los comentarios qué tipo de historia te gusta más. Romance puro, misterio en la frontera, acción o todas mezcladas.
Y si quieres seguir cabalgando con nosotros en cada relato, suscríbete ahora mismo. Sigamos con la historia. Los gemelos durmieron durante horas, sus respiraciones pequeñas y frágiles llenando el silencio del rancho. Pablo se quedó junto a ellos. observando sus rostros idénticos, preguntándose qué clase de pesadilla los había arrojado al desierto.
Cuando el mayor finalmente abrió los ojos, lo primero que hizo fue buscar a su hermano. Solo cuando vio que Daniel respiraba a su lado, Diego pareció recordar dónde estaba. ¿Dónde está mamá? susurró la voz todavía rasposa. Pablo se inclinó hacia adelante, eligiendo sus palabras con cuidado. Dime, ¿qué pasó, muchacho, dime dónde la viste por última vez? Diego tragó saliva aferrándose a la mano de su hermano dormido. Había hombres, tres, nos perseguían desde hace días.
Mamá nos escondió detrás de unas rocas y les dijo que corrieran en otra dirección. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Ella corrió para el otro lado para que nos olvidaran, para salvarnos. Pablo sintió cómo se le apretaba el pecho. Conocía esa clase de amor, el amor que sacrifica todo. ¿Cuánto tiempo hace? No sé.
Caminamos mucho hasta que Daniel ya no pudo más. Pablo miró por la ventana hacia el desierto interminable. Una mujer sola, hombres persiguiéndola. Cuánto tiempo había pasado. Pero la pregunta real, la que le quemaba por dentro, era otra. estaba dispuesto a salir de nuevo, a arriesgarse, a sentir, porque ayudar a esa familia no era solo cuestión de cabalgar hasta el desierto.
Era abrir una puerta que había cerrado con clavos y cadenas, era permitir que alguien importara de nuevo. Y Pablo Navarro había aprendido que cuando alguien importa, también puede destruirte. Pero la imagen de esos dos niños aferrados el uno al otro no lo dejaba en paz. Y la idea de una madre sola, herida, muriendo bajo el sol mientras sus hijos la esperaban, eso era algo que Pablo no podía soportar.
Al amanecer, dejó a los gemelos bajo el cuidado de su vecino más cercano, don Eugenio, un anciano que le debía favores, y cabalgó de regreso al desierto con provisiones, su rifle y un miedo viejo anidado en las costillas. Siguió los rastros que los niños habían dejado, huellas pequeñas, arrastradas, desesperadas. retrocedió por el camino de dolor hasta encontrar el lugar donde todo había comenzado.
Y ahí, en una ondonada entre rocas y arbustos de mesquite, vio las señales que confirmaban sus peores temores. Marcas de lucha en la arena, tela desgarrada, un trozo de reboso azul enganchado en una rama espinosa, manchas oscuras que podrían ser sangre seca y, sobre todo, huellas. muchas huellas, botas pesadas de hombres rodeando un solo par de pisadas descalzas que huían hacia el sur. Pablo sintió como la rabia comenzaba a arder bajo su piel.
Esos hombres la habían perseguido como animales, la habían acorralado y probablemente no. No podía pensar en eso todavía. Espoleó su caballo y siguió el rastro, el sol golpeando sin piedad sobre su sombrero desgastado. Horas pasaron, el paisaje se volvió más árido, más brutal y entonces, cuando ya comenzaba a perder la esperanza, vio algo que hizo que su corazón se detuviera, un bulto oscuro entre los arbustos.
desmontó de un salto y corrió hacia allí, apartando las ramas secas con manos temblorosas, y la encontró. Una mujer joven, vestido rasgado, cabello negro enmarañado cubriendo su rostro, piel quemada por el sol. Respiraba apenas, pero respiraba. Pablo se arrodilló junto a ella, apartando con cuidado los mechones de su rostro. Y cuando vio su cara, algo dentro de él se rompió y se recompuso al mismo tiempo.
Era hermosa, incluso en ese estado, tal vez, especialmente en ese estado, porque había algo en sus rasgos, en la curva de sus labios agrietados, en las líneas de sufrimiento alrededor de sus ojos cerrados, que hablaba de una fuerza inquebrantable. Esta mujer había elegido morir para que sus hijos vivieran. Y Pablo Navarro, el vaquero que había jurado no volver a sentir nada, sintió como su corazón muerto comenzaba a latir de nuevo.
La cargó en sus brazos como si fuera hecha de cristal. Ella no despertó. Su cabeza cayó contra su pecho y Pablo sintió el peso frágil de su cuerpo contra el suyo, tan liviana, demasiado liviana. Mientras cabalgaba de regreso al rancho, con ella envuelta en su sarape, Pablo libraba una guerra interna. Cada kilómetro que avanzaba era un kilómetro más profundo en territorio peligroso, no el desierto, sino algo mucho peor, el territorio del corazón.
Porque Pablo sabía lo que significaba esto. Salvar a esta mujer no sería como rescatar a un animal herido. No podría curarla, devolverla a su camino y olvidarla. No con esos niños esperándola, no con esos hombres persiguiéndola, no con la manera en que su cuerpo inconsciente confiaba en él mientras cabalgaban bajo el cielo implacable.
Involucrarse significaba peligro, significaba violencia, significaba que esos hombres, quien quiera que fueran, vendrían a su rancho, significaba que tendría que pelear, tal vez matar, tal vez morir. Y sobre todo significaba sentir de nuevo, sentir miedo, sentir ira, sentir amor. Esa última palabra lo golpeó como un puñetazo. No era demasiado pronto para esa palabra, ridículo incluso.
Ni siquiera conocía su nombre, ni siquiera había escuchado su voz. Pero cuando la miró, su rostro apoyado contra su pecho, sus labios entreabiertos, vulnerable y valiente a la vez, Pablo supo la verdad. Ya era demasiado tarde para dar marcha atrás, porque a veces el destino no pregunta, simplemente llega en forma de dos niños perdidos en el desierto, en forma de una mujer que eligió morir antes que rendirse.
Y Pablo Navarro, el hombre que había huido de la vida durante 3 años, acababa de decidir volver a ella, aunque lo matara en el intento. Cuando llegó al rancho y entró con ella en brazos, los gemelos corrieron hacia él con gritos de alegría y lágrimas. Mamá, mamá. Pablo la tendió en su cama y los niños se aferraron a sus manos mientras él limpiaba sus heridas con agua fresca y vendaba los cortes en sus brazos.
Ella seguía inconsciente, pero su respiración se había estabilizado. Viviría. Y con esa certeza llegó otra. más aterradora. Dulce Castillo acababa de cambiar su destino para siempre. Dulce despertó al tercer día. Lo primero que vio fueron las vigas de madera del techo, luego la luz suave filtrándose por una ventana y, finalmente, dos rostros idénticos inclinados sobre ella, con ojos enormes, llenos de lágrimas y alivio. “Mamá, estás despierta.
” Dulce intentó incorporarse, pero el dolor la atravesó como un rayo. Gimió y volvió a caer sobre la almohada. Todo le dolía. Cada músculo, cada hueso, como si hubiera sido arrastrada por caballos salvajes. Despacio, dijo una voz masculina. Giró la cabeza y lo vio por primera vez.
Un hombre alto, de hombros anchos, con cabello oscuro despeinado y ojos que parecían haber visto demasiado. Llevaba una camisa de trabajo abierta en el cuello, mangas enrolladas y sostenía un trapo húmedo en sus manos callosas. Sus miradas se encontraron y Dulce sintió algo que no había sentido en años. Seguridad. ¿Quién? Su voz salió ronca, quebrada.
Pablo Navarro, este es mi rancho. Hizo una pausa eligiendo las palabras. Encontré a tus hijos en el desierto hace tres días y luego te encontré a ti. Dulce cerró los ojos recordando los hombres, la persecución, la decisión desgarradora de separarse de Diego y Daniel para salvarlos, el calor, la sed, el momento en que sus piernas finalmente se dieron y cayó entre los arbustos, rogando que sus niños hubieran encontrado ayuda.
Mis hijos, susurró, están bien a salvo. Pablo se acercó ofreciéndole agua. Gracias a ti. Dulce bebió con manos temblorosas y cuando terminó, miró a este hombre que había salvado a su familia sin conocerlos, sin pedirles nada a cambio. “Gracias”, dijo, y esa palabra pareció insuficiente para lo que sentía. Pablo asintió. incómodo con la gratitud y se apartó.
Pero Dulce vio algo en sus ojos antes de que se diera vuelta, algo vulnerable, algo que reflejaba lo que ella misma acababa de sentir. Y supo en ese momento que nada volvería a ser igual para ninguno de los dos. Los siguientes días transcurrieron en una extraña intimidad forzada.
Dulce era demasiado débil para levantarse. Y Pablo, un hombre que había vivido solo durante años, de repente tenía una casa llena de vida. Los gemelos corrían entre las habitaciones riendo por primera vez en semanas. Pablo les enseñó a alimentar a las gallinas, a montar su viejo caballo manso, a reparar una cerca rota y ellos lo seguían como cachorros, llamándolo Señor Pablo, con voces llenas de admiración.
Mientras tanto, Dulce observaba desde la ventana, recuperando fuerzas lentamente, viendo como este hombre solitario se transformaba en algo que ella nunca esperó ver de nuevo, un protector, un padre, un hombre en quien confiar. Y eso la aterraba más que los agiotas que la perseguían.
La primera vez que Dulce logró caminar hasta la mesa fue una tarde de viento suave. Pablo estaba preparando algo simple, frijoles, tortillas, café, cuando la vio aparecer en el umbral, pálida, pero decidida, sosteniéndose del marco de la puerta. “Debería ayudar”, dijo ella. “Deberías descansar”, respondió él sin mirarla, removiendo los frijoles con una cuchara de madera. Ya descansé suficiente.
Pablo se giró entonces y la miró realmente. Dulce llevaba uno de sus camisas viejas, la única prenda limpia que había encontrado para ella, y le quedaba enorme, cayendo hasta medio muslo. Su cabello negro estaba suelto, enmarcando su rostro, todavía marcado por moretones que comenzaban a sanar. Y Pablo sintió como algo se apretaba en su pecho.
Está bien, dijo finalmente. Puedes sentarte. Dulce sonrió levemente, como si hubiera ganado una pequeña batalla y se sentó con cuidado en una de las sillas. Los gemelos corrieron hacia ella abrazándola y por un momento la cocina se llenó de risas y voces infantiles. Pablo los observó desde su lugar junto a la estufa y por primera vez en 3 años su casa no se sintió vacía.
Esa noche, después de que los niños se durmieran, Dulce y Pablo se quedaron sentados junto al fuego. El silencio entre ellos no era incómodo. Era el tipo de silencio que se comparte entre dos personas que han sobrevivido tormentas similares. ¿Por qué lo hiciste?, preguntó Dulce finalmente, mirando las llamas.
¿Por qué nos salvaste? Pablo no respondió de inmediato. Cuando lo hizo, su voz era baja, ronca. Porque sé lo que es perder a alguien. Dulce giró hacia él, estudiando su perfil en la luz del fuego. Tu esposa Pablo asintió lentamente. Hace 3 años. Fiebre. No pude hacer nada. Hizo una pausa. Después de eso, dejé de intentar. Dejé de vivir. Realmente solo existía.
Hasta ahora murmuró dulce. Pablo la miró entonces y sus ojos se encontraron en la penumbra. Y en ese momento ambos supieron que estaban cayendo, que ya habían caído, que algo irreversible había comenzado el día en que él la cargó en sus brazos desde el desierto. Pero ninguno dijo nada, porque ambos también sabían que el peligro aún los perseguía y que amar de nuevo significaba arriesgarse a perder todo.
Otra vez. Fue dos noches después cuando Dulce finalmente contó la verdad completa. Estaban sentados en el porche bajo un cielo sembrado de estrellas. Los niños dormían adentro. El viento del desierto susurraba entre los arbustos de Artemisa. Mi esposo murió hace 8 meses”, comenzó dulce su voz, apenas un murmullo.
Rodrigo era buen hombre, pero tenía debilidades, apostaba, bebía y cuando murió en un accidente con su caballo, dejó deudas, muchas deudas. Pablo permaneció en silencio escuchando. Los hombres a quienes les debía no aceptaron su muerte como excusa.
Dijeron que la deuda pasaba a mí, que debía pagarla con lo que tuviera. Su voz se quebró levemente. Vendí todo, la casa, los animales, todo lo que teníamos, pero no fue suficiente. Entonces dijeron que que me llevarían a mí o a los niños para venderlos. Pablo sintió como la rabia comenzaba a arder en su interior. Una rabia fría, controlada, peligrosa.
¿Quiénes son? Hombres de un prestamista llamado Maldonado. Arturo Maldonado. Opera desde palomas, tiene conexiones, tiene hombres armados y no perdona deudas. Dulce lo miró con ojos brillantes. Por eso huí. Tomé a Diego y Daniel y corrí hacia el norte, pensando que tal vez en algún pueblo fronterizo podría desaparecer.
Pero nos encontraron, nos persiguieron y y llegaron hasta aquí. Terminó Pablo. Dulce asintió secándose las lágrimas con el dorso de la mano. Lo siento. Siento haber traído esto a tu puerta. Siento poner en peligro tu vida. Sé que debería irme, que debería llevarme a los niños y seguir corriendo, pero no vas a ninguna parte, dijo Pablo, su voz firme como piedra. Dulce parpadeó sorprendida. Pablo, escúchame.
Se giró hacia ella, tomando sus manos entre las suyas. Eran manos pequeñas, callosas por el trabajo, temblorosas. No sé qué es esto que está pasando entre nosotros. No sé si es demasiado rápido o demasiado loco, pero sí sé una cosa. No voy a dejar que esos hombres te toquen ni a ti ni a tus hijos. No es tu pelea susurró Dulce. Sí lo es.
Desde el momento en que te cargué en mis brazos se volvió mi pelea. Y entonces Pablo hizo algo que no había planeado, algo que surgió desde un lugar profundo que creía muerto. Levantó su mano y acarició suavemente el rostro de Dulce, su pulgar trazando la línea de su mejilla.
“Quédate”, dijo, “quédate aquí con tus hijos, conmigo y yo me encargaré del resto.” Dulce cerró los ojos inclinándose hacia su toque como una flor hacia el sol. Y cuando los abrió de nuevo, estaban llenos de lágrimas, pero no de miedo, de esperanza. ¿Por qué? Susurró. ¿Por qué harías esto por nosotros? Pablo sonrió entonces una sonrisa pequeña, triste, sincera, porque hace 3 años juré que nunca volvería a sentir nada y luego llegaste tú y tus hijos y cambiaron todo.
Y en ese momento, bajo las estrellas del desierto, Dulce Castillo, se permitió creer en algo que pensó que nunca volvería a tener. Una segunda oportunidad. Los días que siguieron fueron extraños y hermosos. Pablo reforzó las puertas del rancho, revisó sus armas, colocó trampas alrededor del perímetro, se preparaba para la guerra con la eficiencia de un hombre que la había vivido antes.
Pero entre esos preparativos había momentos de una ternura casi dolorosa. Diego aprendiendo a lanzar el lazo. Daniel riendo cuando Pablo lo levantaba en sus hombros, dulce cocinando junto a él en las mañanas. Sus brazos rozándose accidentalmente, sus miradas encontrándose sobre las cabezas de los niños. Una familia comenzaba a formarse, frágil, provisional, construida sobre arena y esperanza, pero real.
Y Pablo Navarro, el hombre que había vivido como un fantasma durante 3 años, finalmente comenzó a sentirse vivo de nuevo, aunque sabía que la tormenta se acercaba y que cuando llegara tendría que elegir entre la seguridad de su soledad o el riesgo aterrador de amar de nuevo. La noche que todo cambió comenzó como cualquier otra.
Los gemelos ya dormían. El fuego crepitaba suavemente en la chimenea. Dulce estaba sentada en el suelo remendando una de las camisas de Pablo con aguja e hilo, mientras él limpiaba su rifle cerca de la ventana. “¿Siempre has vivido solo?”, preguntó ella sin levantar la vista de su costura.
Pablo dejó de frotar el cañón del arma. No siempre. Antes estaba Elena, mi esposa. Hizo una pausa. Este rancho era de sus padres. Cuando murieron lo heredó. Nos casamos aquí. Planeamos criar hijos aquí. Llenar estas habitaciones de voces y risas. Dulce levantó la mirada y después que ella murió, después solo quedó el silencio. Pablo miró por la ventana hacia la oscuridad.
Me dije que era más seguro así, que si no dejaba entrar a nadie, no podría perder a nadie más. Pero sí dejaste entrar a alguien, dijo Dulce suavemente, a nosotros. Pablo se giró hacia ella y algo en su expresión hizo que el corazón de Dulce la rápido. No tuve opción, dijo él. Ustedes llegaron como una tormenta y cuando pasó ya era demasiado tarde. Ya estaban adentro.
Dulce dejó la camisa a un lado y se puso de pie lentamente. Caminó hacia él deteniéndose a pocos pasos de distancia. Podía ver las líneas de cansancio alrededor de sus ojos, las cicatrices en sus manos, la tensión en sus hombros. “Tengo miedo”, confesó ella. ¿De qué? De esto, de lo que siento. Respiró profundo. Pasé tanto tiempo huyendo Pablo, huyendo de los hombres de Maldonado, huyendo del dolor de perder a Rodrigo, huyendo de la idea de que nunca volvería a estar a salvo. Y entonces llegaste tú.
Pablo dio un paso hacia ella. Dulce, déjame terminar. Sus ojos brillaban en la luz del fuego. No sé si esto es real o si solo estoy desesperada por sentirme protegida. No sé si es demasiado pronto o si estoy siendo egoísta por quedarme cuando sé que traigo peligro a tu puerta. Pero sí sé una cosa.
¿Qué cosa? Dulce levantó su mano y la colocó sobre el pecho de Pablo, sintiendo el latido firme de su corazón bajo la palma. que no quiero seguir huyendo, no de ti. Pablo cubrió su mano con la suya, sosteniéndola contra su corazón. Y cuando habló, su voz era apenas un murmullo ronco. Entonces, no huyas. Y la besó.
Fue un beso lento, cuidadoso, lleno de promesas no dichas y miedos compartidos. Dulce se derritió contra él, sus manos subiendo hacia su cuello, aferrándose como si él fuera lo único sólido en un mundo que siempre se movía bajo sus pies. Cuando finalmente se separaron, Pablo apoyó su frente contra la de ella, respirando su aliento.
“Te protegeré”, prometió, “a ti y a tus hijos con mi vida, si es necesario.” “Lo sé”, susurró dulce. Y eso es lo que me aterroriza. Esa noche Dulce durmió por primera vez sin pesadillas y Pablo, sentado junto a la ventana vigilando la oscuridad, supo que había cruzado una línea de la que no había regreso.
Había elegido, había elegido a esta mujer, a estos niños, a esta familia improvisada y frágil. Y cuando vinieran por ellos, porque vendrían, él lo sabía, estaría listo. Pero lo que no sabía era que el peligro ya estaba más cerca de lo que pensaba. Porque en ese mismo momento, a menos de 2 km del rancho, tres hombres observaban las luces de su ventana desde detrás de una loma y uno de ellos sonreía en la oscuridad.
Pablo vio las señales dos días después, huellas frescas cerca del arroyo, ramas rotas a la altura de un jinete y lo más inquietante, marcas de que alguien había estado observando el rancho desde la colina este, no dijo nada a Dulce inmediatamente. No quería asustarla.
Pero esa noche, mientras ella metía a los gemelos en la cama, Pablo sacó todas sus armas y las colocó estratégicamente por la casa. un rifle junto a la puerta principal, una pistola bajo la almohada, un cuchillo largo escondido en la cocina. Cuando Dulce salió de la habitación de los niños y lo vio revisando municiones, su rostro palideció. “¿Los viste?” No era una pregunta. Pablo asintió lentamente.
Han estado vigilando, probablemente decidiendo cuándo atacar. Dulce se dejó caer en una silla temblando. Debería irme ahora, esta noche, antes de que no. Pablo se arrodilló frente a ella tomando sus manos. Escúchame. Si te vas ahora, te atraparán en el desierto, sola, sin protección. Al menos aquí tenemos paredes, tenemos armas, tenemos una oportunidad.
Pero tú, yo tomé esta decisión. Su voz era firme. Y no me arrepiento. Pablo, esos hombres son asesinos. Maldonado no envía negociadores, envía a ejecutores. Lo sé. Entonces sabes que podrías morir. Pablo sostuvo su mirada sin pestañar. Prefiero morir protegiéndote que vivir sin haberte conocido. Dulce sintió como las lágrimas comenzaban a caer.
Se inclinó hacia delante, apoyando su frente contra la de él. No quiero que mueras por mí y yo no quiero que mueras huyendo. Así que nos quedamos y peleamos. Los días siguientes fueron tensos. Pablo apenas dormía, manteniendo vigilancia constante. Enseñó a Dulce a cargar y disparar su pistola de repuesto, aunque ella temblaba cada vez que la sostenía.
Advirtió a los gemelos que no se alejaran del rancho bajo ninguna circunstancia. La atmósfera cambió. El miedo se instaló como un huésped invitado y entonces, una tarde de viento caliente, llegó el primer mensajero. Pablo lo vio acercarse a caballo solo, levantando las manos para mostrar que no traía armas.
Era joven, con bigote ralo y ojos nerviosos. ¿Qué quieres?, gritó Pablo desde el porche, su rifle apuntando al visitante. Traigo un mensaje del Señor Maldonado dijo el joven, su voz quebrándose levemente. Dice que sabe que tiene a la mujer. Dice que si la entrega ahora, nadie saldrá herido. Solo quiere lo que se le debe. Y si me niego, el mensajero tragó saliva.
Entonces vendrán a buscarla esta noche y no serán amables. Pablo bajó el rifle lentamente, su expresión pétrea. Dile a Maldonado que dulce castillo está bajo mi protección y que si él o sus hombres ponen un pie en mi propiedad, será lo último que hagan. El joven parpadeó sorprendido por la frialdad en esa voz.
Señor no sabe con quién se está metiendo. Maldonado tiene 10 hombres, ustedes solo uno. Pablo sonrió entonces, pero no había humor en esa sonrisa, solo acero. Entonces deberías avisarle que traiga más. El mensajero dio media vuelta y cabalgó de regreso como si el lo persiguiera. Dulce salió del rancho con Diego y Daniel aferrados a sus faldas.
¿Qué pasará ahora?”, preguntó, aunque ya conocía la respuesta. Pablo miró hacia el horizonte, donde el sol comenzaba a ponerse tiñiendo el cielo de rojo sangre. “Ahora nos preparamos.” Esa noche Pablo movió a Dulce y los gemelos a la habitación más segura, el pequeño cuarto de almacenamiento sin ventanas en el centro de la casa. Les dio agua, comida, mantas.
Quédense aquí”, ordenó. “No importen lo que escuchen, no salgan hasta que yo venga por ustedes.” Dulce lo agarró del brazo. “Pablo, voy a estar bien. Prométemelo.” Él vaciló, porque ambos sabían que era una promesa que tal vez no pudiera cumplir, pero al final asintió. “¡Te lo prometo!” y la besó largo, profundo, como si fuera la última vez.
Luego cerró la puerta y caminó hacia el infierno que sabía se acercaba. Llegaron poco después de medianoche. Pablo los escuchó antes de verlos. El sonido de cascos contra tierra dura, voces bajas, el click metálico de armas siendo preparadas. Se posicionó detrás de la ventana de la sala. Rifle en mano, respiración controlada. contó las sombras que se movían en la oscuridad. Cinco, no, seis hombres.
Uno de ellos gritó desde la distancia, “Narro, sabemos que estás ahí. Entrega a la mujer y nos vamos en paz.” Pablo no respondió. Tienes 10 segundos. Pablo apuntó y disparó. El estallido del rifle rompió la noche. Una de las sombras cayó con un grito. Los otros se dispersaron buscando cobertura, devolviendo fuego.
Las balas comenzaron a golpear las paredes del rancho como granizo letal. Pablo se movió rápidamente, disparando desde diferentes ventanas, tratando de hacerles creer que eran más hombres adentro. derribó a un segundo atacante, luego un tercero, pero eran demasiados y estaban rodeando la casa. Escuchó el sonido de madera astillándose. Alguien estaba tratando de forzar la puerta trasera.
Pablo corrió hacia allá, pero antes de que pudiera llegar, la puerta explotó hacia adentro. Un hombre enorme entró con un hacha. Pablo disparó. El hombre cayó, pero detrás de él venía otro. Y otro, Pablo peleó como un demonio, usando el rifle como garrote cuando se quedó sin balas, sacando su cuchillo cuando el rifle se rompió, pero eran demasiados y estaba cansado y herido.
Un golpe en la cabeza lo hizo tambalearse, otro en las costillas lo tiró al suelo. Y entonces vio a uno de los hombres caminando hacia el pasillo, hacia la habitación donde Dulce y los niños se escondían. No. Rugió Pablo tratando de levantarse, pero alguien lo pateó brutalmente en el estómago dejándolo sin aire.
Y fue entonces cuando escuchó el grito, un grito femenino, furioso, desesperado. Un disparo retumbó por la casa. El hombre que caminaba hacia el pasillo cayó muerto. Dulce apareció en el umbral, la pistola de Pablo temblando en sus manos, ojos salvajes, cabello despeinado. Había salido para protegerlo.
Y en ese instante de distracción, Pablo encontró fuerzas que no sabía que tenía. Se levantó con un rugido, agarró al hombre más cercano y lo estrelló contra la pared con tanta fuerza que sus huesos crujieron. El último atacante que quedaba en pie retrocedió aterrorizado ante la furia que vio en los ojos de Pablo y huyó.
El silencio que siguió era casi tan ensordecedor como la batalla. Pablo cayó de rodillas, respirando con dificultad, sangre goteando desde un corte sobre su ojo. Dulce corrió hacia él, dejando caer la pistola, sollozando. “Estás herido, Pablo! ¿Estás?” “Estoy bien”, mintió él, aunque todo le dolía. Los niños a salvo, encerrados en el cuarto, como dijiste.
Pablo cerró los ojos sintiendo el alivio inundarlo como agua fresca. Habían sobrevivido. Pero cuando abrió los ojos y vio el rancho destrozado, las paredes acribilladas por balas, los cuerpos tirados en el suelo, supo la verdad amarga. Esto no había terminado. El hombre que había escapado volvería con Maldonado, con más hombres, con más armas.
Y la próxima vez Pablo no tendría la ventaja de la sorpresa. Dulce lo ayudó a llegar hasta una silla limpiando sus heridas con manos temblorosas. Sus lágrimas caían sobre su piel mientras trabajaba. “Lo siento”, susurró ella. “Esto es mi culpa. Todo esto no dijo Pablo tomando su rostro entre sus manos ensangrentadas.
Esto no es tu culpa pero se detuvo las palabras atascadas en su garganta. ¿Pero qué? Preguntó dulce. Pablo la miró a los ojos y ella vio algo que nunca antes había visto en él. Derrota. No sé si puedo protegerte de lo que viene después. Y en ese momento, mientras Dulce se aferraba a este hombre roto que había arriesgado todo por ella, supo que había llegado a una encrucijada.
Quedarse significaba condenarlo, irse significaba perderlo. Y ninguna de las dos opciones era soportable. Los días que siguieron al ataque fueron los más oscuros que Pablo había conocido. Sus heridas sanaban lentamente. Las costillas rotas hacían que cada respiración fuera una agonía.
El corte sobre su ojo había dejado una cicatriz que probablemente llevaría para siempre. Pero el dolor físico no era nada comparado con lo que veía en los ojos de Dulce. Ella había dejado de dormir. Pasaba las noches sentada junto a la ventana, vigilando la oscuridad, sobresaltándose con cada sonido. Durante el día apenas comía.
Se movía por el rancho como un fantasma, preparando comida que no probaba, limpiando manchas de sangre que ya no estaban. Los gemelos sentían la tensión. Diego lloraba por las noches. Daniel dejó de hablar casi por completo y Pablo sabía que esto no podía continuar. Una mañana, mientras él intentaba reparar la puerta destrozada con un solo brazo útil, dulce salió al porche con una expresión que él nunca había visto. Determinación.
“Me voy”, dijo ella sin preámbulo. El martillo de Pablo se detuvo en el aire. “¿Qué? Me voy hoy. En cuanto anochezca, tomaré a los niños y seguiré hacia el norte. Cruzaré la frontera, desapareceré. Pablo dejó caer el martillo. Dulce, no. Mira lo que te hice. Su voz se quebró. Mira tu casa, tus heridas. Casi mueres por mí, Pablo, y la próxima vez, la próxima vez sí morirás y yo tendré que vivir con eso, con saber que destruí al único hombre bueno que me quedaba en este mundo.
Pablo intentó acercarse, pero ella retrocedió levantando las manos. No, no me toques, porque si lo haces me quedaré y si me quedo te mataré. Dulce, escúchame. No, ya tomé mi decisión. Es mejor así. Tú puedes reconstruir tu vida, encontrar paz otra vez y yo encontraré la manera de sobrevivir. Siempre lo hago. Pablo sintió como algo se rompía dentro de él.
Y si yo no quiero paz, ¿y si prefiero morir contigo que vivir sin ti? Dulce cerró los ojos, lágrimas cayendo por sus mejillas. No digas eso, es la verdad. Pablo dio un paso hacia ella, ignorando el dolor en sus costillas. Durante 3 años viví como un hombre muerto y entonces llegaste y me diste una razón para despertar, para sentir, para pelear.
Y ahora quieres que vuelva a esa existencia vacía que finja que nunca te conocí. Es la única manera de mantenerte a salvo. No quiero estar a salvo, quiero estar contigo. Dulce abrió los ojos y en ellos Pablo vio todo el amor y todo el dolor del mundo. Entonces somos dos idiotas, susurró ella, porque yo también te amo y es exactamente por eso que me voy. Y dio media vuelta entrando al rancho antes de que Pablo pudiera detenerla.
Esa noche Pablo se sentó en los escalones del porche, su rifle en las rodillas, mirando las estrellas. Por primera vez en su vida, no sabía qué hacer. Podía dejarla ir. Era lo sensato, lo seguro. Ella y los niños desaparecerían y él volvería a su soledad. Viviría, sobreviviría. Pero, ¿para qué? Para pasar otros 3 años como un fantasma.
para envejecer solo en este rancho lleno de recuerdos de lo que pudo haber sido o podía pelear. Pero, ¿cómo los hombres de Maldonado seguirían viniendo una y otra vez hasta matarlo o llevarse a Dulce? A menos que una idea comenzó a formarse en su mente, peligrosa, loca, tal vez imposible, pero era la única oportunidad que tenían.
se levantó entrando al rancho con un propósito renovado. Y cuando vio a Dulce preparando las pocas pertenencias que tenían para el viaje, Pablo supo que tenía que convencerla, no solo de quedarse, sino de confiar en él una última vez. No te vas a ir, dijo Pablo desde el umbral. Dulce no lo miró, siguiendo guardando ropa en una bolsa.
Ya lo discutimos. No, tú decidiste sola. Yo no tuve voz en esto. No hay nada que decir, Pablo. Sí lo hay. Caminó hacia ella, tomándola del brazo y girándola suavemente para que lo mirara. Tengo un plan. Dulce parpadeó sorprendida. Un plan.
Para terminar esto, de una vez por todas, Pablo, no puedes simplemente voy a ir a ver a Maldonado. El silencio que siguió fue absoluto. Dulce lo miraba como si hubiera perdido la razón. ¿Estás loco? Te matará en cuanto te vea. No, si le ofrezco algo que quiere más que tu sangre. ¿Qué podría? Y entonces entendió, el dinero vas a pagarle. Pablo asintió.
Tengo ahorros, no mucho, pero suficiente. 3 años viviendo solo, sin gastar en nada. Está guardado, escondido, y es tuyo, es suyo. Para terminar con esta deuda de una vez. Dulce sacudió la cabeza retrocediendo. No, no puedo aceptar eso. Es tu dinero, tu futuro. Tú eres mi futuro. Pablo la tomó de los hombros. Escúchame, iré mañana al amanecer. Le llevaré el dinero a Maldonado.
Le diré que la deuda está pagada, que Dulce Castillo ya no existe para él. Y si intenta algo, si intenta traicionarme, te matará. Terminó Dulce, su voz quebrándose. Tal vez, pero al menos habré intentado. Y si funciona, si acepta el trato, entonces serás libre. Los niños serán libres. Podemos empezar de nuevo aquí juntos.
Dulce lo miró lágrimas cayendo silenciosamente. Y si no vuelves Pablo sonrió tristemente. Entonces prometo que te perseguiré desde el otro lado hasta que encuentres la felicidad que mereces. y la besó suave, tierno, como una promesa y una despedida al mismo tiempo. Esa noche Dulce no pudo dormir.
Se quedó despierta, observando a Pablo mientras él dormía inquieto, memorizando las líneas de su rostro, la manera en que su pecho subía y bajaba, el sonido de su respiración, por si acaso era la última vez que lo veía. Al amanecer, Pablo se levantó en silencio. Se vistió con su mejor camisa, guardó el dinero en su alforja, revisó su pistola una última vez. Dulce y los gemelos lo esperaban en la puerta.
Diego y Daniel lo abrazaron fuerte, sin entender completamente lo que estaba pasando, pero sintiendo que era importante. “Vuelve, papi navarro”, susurró Diego. Pablo sintió cómo se le apretaba la garganta. Era la primera vez que los niños lo llamaban así. Papi, volveré, prometió, y cuando vuelva nunca más tendré que irme. Luego miró a Dulce.
Ella no dijo nada, solo lo besó profundo, desesperado, vertiendo todo su amor y todo su miedo en ese beso. Cuando se separaron, Pablo montó su caballo y sin mirar atrás cabalgó hacia Palomas, hacia Arturo Maldonado, hacia el final de la historia o hacia un nuevo comienzo.
El pueblo de Puerto Palomas era un lugar polvoriento y olvidado en el borde del desierto. Pablo entró cuando el sol apenas comenzaba a calentar las calles vacías. Algunos lugareños lo miraron con curiosidad y miedo. Sabían quién era, sabían por qué estaba ahí. La casa de Maldonado era la más grande del pueblo. Una estructura de adobe con puertas de madera tallada y ventanas con rejas de hierro.
Dos hombres armados vigilaban la entrada. Pablo desmontó y caminó directo hacia ellos. Vengo a ver a Maldonado. Los guardias se miraron entre sí, sorprendidos por la audacia de este hombre. ¿Quién eres? Pablo Navarro, el que mató a seis de sus hombres hace 4 días. Uno de los guardias entró apresuradamente. Minutos después regresó.
Dice que pases, pero deja las armas. Pablo entregó su pistola y su cuchillo. Sabía que era un riesgo, pero era necesario. Entró a la casa. Arturo Maldonado era un hombre pequeño con ojos de serpiente y dedos llenos de anillos de oro. Estaba sentado detrás de un escritorio enorme, fumando un puro rodeado de cuatro hombres armados.
El famoso Pablo Navarro dijo con voz suave y peligrosa, “El vaquero solitario que piensa que puede desafiarme.” Pablo no respondió, solo colocó la alforja sobre el escritorio. “Aquí está el dinero que Rodrigo Castillo te debía, cada peso, con intereses.” Maldonado levantó una ceja abriéndola al forja.
contó lentamente mientras Pablo esperaba cada segundo sintiendo como una eternidad. Finalmente, Maldonado sonrió. Es suficiente. Hizo una pausa. Pero tengo una pregunta, vaquero. ¿Por qué? ¿Por qué un hombre como tú pagaría la deuda de una mujer que ni siquiera es tu esposa? Pablo lo miró directamente a los ojos. ¿Por qué la amo? y porque vale más que todo el oro del mundo.
Maldonado lo estudió por un largo momento, luego rió, una risa seca, sin humor. Eres un tonto, pero un tonto honorable, se reclinó en su silla. Está bien. La deuda está pagada. Dulce Castillo y sus hijos ya no me interesan. Puedes llevártela. Y si veo a alguno de ustedes por aquí otra vez, no volveremos, dijo Pablo.
Bien, porque la próxima vez que nos veamos no seré tan generoso. Pablo asintió recogiendo su alforja vacía. Cuando salió de esa casa con vida, sintió como si hubiera nacido de nuevo. Cabalgó de regreso al rancho más rápido de lo que había llegado, el corazón latiendo con fuerza, una sonrisa comenzando a formarse en sus labios. Había funcionado. Dulce era libre.
Ellos eran libres. Cuando llegó al rancho, el sol ya estaba alto en el cielo y lo que vio lo hizo detenerse en seco. Dulce estaba en el porche con una maleta a sus pies. Diego y Daniel estaban a su lado, vestidos para viajar. Pablo desmontó rápidamente, confundido.
¿Qué estás haciendo? Dulce levantó la vista y sus ojos estaban rojos de llorar. No podía quedarme esperando sin saber. Pensé pensé que tal vez no volverías y decidí que si ibas a morir por mí, al menos no sería aquí en tu rancho, mientras yo me escondía como una cobarde. Pablo subió los escalones tomando su rostro entre sus manos. Dulce, está hecho.
La deuda está pagada. Maldonado aceptó. Ya no nos perseguirá, somos libres. Dulce lo miró sin comprender al principio. Luego, lentamente la verdad comenzó a penetrar. Libres, libres. Y entonces ella se derrumbó. Lloró contra su pecho como nunca había llorado. Años de miedo, de dolor, de huir, saliendo finalmente.
Pablo la sostuvo dejándola liberar todo mientras los gemelos se aferraban a sus piernas. Cuando finalmente se calmó, Dulce lo miró con una sonrisa temblorosa. ¿Qué hacemos ahora? Pablo sonró. Ahora vivimos. Y así fue. Los días que siguieron fueron de reconstrucción. Pablo reparó las paredes del rancho. Dulce plantó un jardín.
Los gemelos corrían libres por el desierto, riendo sin miedo. Y poco a poco esa casa que había estado vacía durante 3 años comenzó a llenarse de vida otra vez. Un mes después, bajo un cielo de estrellas, Pablo tomó la mano de dulce. Cásate conmigo. No fue una pregunta, fue una declaración, una promesa, un voto. Dulce sonrió con lágrimas en los ojos. Sí.
Y se besaron mientras los gemelos gritaban de alegría y corrían alrededor de ellos en círculos. La boda simple. El padre del pueblo los casó en una pequeña capilla. Don Eugenio y algunos vecinos fueron testigos. Diego y Daniel llevaban camisas nuevas y sonrisas enormes. Y cuando Pablo levantó el velo de dulce y la besó, supo que había encontrado algo que pensó que había perdido para siempre.
Un hogar, una familia, un futuro. 6 meses después, el Rancho Navarro era irreconocible. Las paredes habían sido pintadas de blanco. El jardín de dulce florecía con colores brillantes. Una nueva cerca rodeaba la propiedad y dentro de ella gallinas picoteaban el suelo mientras un par de cabras pastaban tranquilamente. Los gemelos habían crecido. Diego aprendió a enlazar como su padre.
Daniel descubrió que tenía talento para tallar madera y dulce, dulce florecía como una flor en el desierto después de la lluvia. Una tarde Pablo regresó de revisar el ganado y encontró a toda su familia esperándolo en el porche. Dulce tenía una mano sobre su vientre, todavía plano, pero con una sonrisa que lo decía todo.
Pablo se detuvo comprendiendo, “¿En serio? Ella asintió riendo. Pablo corrió hacia ella, la levantó en sus brazos y la giró mientras ella reía. Y los gemelos gritaban de alegría. Una nueva vida crecía dentro de ella, una vida que era de ambos. Esa noche, después de que los niños se durmieran, Pablo y Dulce salieron al porche y miraron el desierto bajo la luz de la luna.
¿Te arrepientes?, preguntó dulce suavemente. De habernos salvado de todo lo que perdiste. Pablo la miró tomando su mano y llevándola a sus labios. No perdí nada, lo gané todo. Pero el dinero, el dinero era solo papel. Apuntó hacia el rancho, hacia la ventana donde dormían los gemelos, hacia el vientre de dulce donde crecía su hijo. Esto es real.
Ustedes son reales y valían cada peso. Dulce se recostó contra él, sintiendo los latidos de su corazón. Te amo, Pablo Navarro, y yo a ti, dulce navarro. Se quedaron así abrazados bajo las estrellas, mientras el viento del desierto susurraba a su alrededor. Y Pablo pensó en cómo había comenzado todo.
Dos niños perdidos en el desierto, una mujer herida entre los arbustos, un vaquero solitario que había jurado no volver a sentir. Y ahora, ahora había una familia, un futuro, un propósito. El desierto seguía siendo el mismo, vasto, implacable, hermoso y brutal a la vez. Pero ya no era un lugar vacío, era un hogar.
Y Pablo Navarro, el hombre cuyo destino cambió el día en que salvó a dos pequeños gemelos, finalmente entendió la verdad. A veces el destino no es algo que encuentras, es algo que te encuentra en el momento exacto en que más lo necesitas hasta que una madre apareció y cambió su destino para siempre. Hemos llegado al final del camino, vaquera.
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